lunes, 1 de diciembre de 2014

Couchsurfing 1

Guardo imágenes frescas de mi primer viaje fuera del Perú, como si las hubiese tomado de algún álbum fotográfico. Era Cali, la Colombia de 1975. Yo tenía dos años. Mis papás me habían dejado al cuidado de la hermana mayor de mi papá, mi tía Pitita, quien en principio no tenía idea de cómo lidiar conmigo. Como yo no quería salir debajo de la cama se ofreció a pintarme las uñas. Saqué primero una mano. En mi memoria aparece como una mano chiquita, de uñas diminutas. En ese entonces, la mano de mi tía era gigante, bella, blanca y lozana, de manicure perfecta. Ella pintó lo mejor que pudo cada uña de esa mano. Luego de la otra. Luego me convenció de que si quería también pintarme las uñas de los pies tenía que salir de la cama, y así me siguió convenciendo con trucos de lograr de hacer lo que ella quería hasta que me quedé dormida. Así siguen las memorias de ese viaje, todas apuntan a alguna relación con alguien de la familia, todas están dentro de alguna casa. 

No sé de dónde saqué el amor por los viajes. En parte mi mamá fue alentando la idea de viajar mientras iba creciendo, pero también viene de mi abuelo. Viajaba en barco por todo el mundo. Sus baúles tenían estampas de muchos puertos de América y Europa. Pero yo no quería ser el tipo de viajero que anda cargando cosas. De algún lado saqué la idea de tener que llegar a algún sitio y trabajar ahí; conocer la gente, saber qué piensan, quererlos. Partir. Viajé sin cumplir mi sueño infantil de iniciar un rumbo sin retorno, pero salía de la base constantemente, y constantemente regresaba con más sed. Es curioso cómo una misma razón puede desviarte de un curso y luego devolverte a él. Dejé de viajar cuando tuve a Luca. De ahí en adelante, por casi trece años seguidos, cada viaje que hice lo hice por trabajo, no como antes, porque sí, porque en verdad sentía que tenía que hacerlo. La primera vez que viajé a Europa fue así. Recibí la liquidación por haber trabajado en el Canal 4 como modelo de Gisela en América. Tenía toda esa plata conmigo y sentía que necesitaba un cambio. Me trepé a la 73. Pasó por Pardo y vi una agencia de viajes. Me bajé. Pregunté si había algún país en Europa que no requiriese de visa para ingresar. En ese entonces, 1993, Alemania. ¿Cuándo sale el siguiente avión? El lunes, me dijeron. Era jueves. Compré el pasaje y me fui. Así son las mejores experiencias. Pero con Luca creciendo a mi lado, estudiando filosofía, y luego con la venida de Alaikari, ni siquiera me atreví a añorar esas horas ni fantasear con posibilidades imposibles. Hasta que Luca decidió irse. Me dijo, mami, no pienses que no te quiero; te amo, pero siento que debo estar con mi papá. No hay nada más que hacer. Un hijo tiene el deber de ser feliz, y el deber del padre es cumplir con ese requisito indispensable. Cuando él se fue, me sentí suelta de alguna cadena que me ataba a Lima. No sé a dónde me va a llevar esa falta de fijación a un lugar, pero seguramente apenas se resuelva el rumbo, Alaikari vendrá conmigo, pues así tiene que ser.

Que Luca viniera al Hemisferio Norte me abrió una nueva perspectiva, me hizo retomar el gusto por las travesías largas. Volví a convertirme en huésped y anfitriona; comencé a reincorporar las ganas por aprender de otros pensamientos, de otras maneras de vivir; me di cuenta de que eso me nutría, me hacía muchísima falta, y fui feliz.

Decidí venir con la idea de estar con Luca más tiempo pues no sé qué va a venir después. Tuve algunas ideas básicas pero todo se va transformando. Lo único que permanece es el deseo de escribir cada vez más y de caminar cada vez más. Me gusta saber que no sé qué va a pasar. Cuando era chica no entendía por qué la gente necesitaba tener seguridades. Intenté por mucho tiempo ser así, pero no lo soy. Soy más feliz sabiendo que nada físico me condiciona, que en el fondo me mueve lo que siempre tuve dentro, esa semilla primordial que lo genera todo.


 Arriba, mi cama con vista a la marina en el depa de Victor. Abajo, él mismo haciendo una capresse.



Mi primera caminata por Miami Beach fue de algunos cuantos kilómetros. Victor y yo nos demoramos poco más de tres horas en hacerla completa. Tanto arriba como abajo, algunos detalles de la vista que tuvimos. Fue un día lindo y gracias a Dios parcialmente nublado.



Tanto arriba como abajo, vista desde el balcón de Victor en South Beach. No podría vivir en un sitio así sin salir un rato cada día a tocar el mar.



Arriba: detalle de la puerta de la refrigeradora en casa de Isabella y Mimo. Fotos de ellos que bien podrían estar en cualquier revista de modas. Ambos son fashionistas. Él trabaja en Sara, y ella es estilista. Abajo: dibujado por Isa, dentro de su cuaderno de visitas.


Abajo. En Gainesville, cuarto de invitados en casa de Alper.


Abajo: pequeño salón para bailar tango en donde Alper enseña.

Agradezco ahora a quienes me han recibido aquí con cariño y a quienes lo seguirán haciendo. Hasta este momento: Italo, Alper y Víctor, además de Mimo e Isabella. Cada quien a su manera me ha dado una lección cultural y me ha recibido con los brazos abiertos, facilitándome el inicio de este nuevo viaje. Reiki para todos la noche de hoy. Bendiciones infinitas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario