sábado, 27 de diciembre de 2014

Voluntariando en el huerto de Florida Organic Growers

 Con esta vista trabajo en mis escritos a diario. Es desde el cuarto de invitados de mi anfitriona de couch surfing, Bonnie Smith.


 Fue una linda tarde soleada. Vista desde la cocina de Bonnie.


 La bicicleta que uso, también cortesía de Bonnie. ¡Ya no la amas? Esto fue en el lugar donde fui a hacer este sábado de voluntaria. Magnífica experiencia.

 El huerto en el que estuve trabajando y al que volveré el día martes. Parece que tendremos un picnic.


 El huerto está a solo unos minutos en bici de la Universidad de Florida, y a unos 20 minutos de la casa de Bonnie.


Flores que crecen silvestres en el huerto.


 El primer huerto en el que dejo mi energía en muchos muchos años. Le pertenece a la ONG Florida Organic Growers.


La camioneta de la ONG.


Mi chamba de voluntariado de hoy consistió no en comerme las hortalizas (aunque algo de eso hubo), sino en quitar hierba mala y regar con fertilizante de pescado los nuevos brotes. Suena sencillo, pero es trabajoso. Una de las cosas lindas de este tipo de trabajo de jardinería es que entras en una suerte de comunicación con las plantas. Andaba pidiéndole perdón a la hierba mientras la retiraba procurando sacarla de raíz, y también a las hortalizas a las cuales tenía que además sacarles las hojitas podridas. Trabajé con mucho brócoli el día de hoy, y probé una hierba comestible muy parecida al trébol, algo que creo no haber probado en esta vida. Tenía un sabor muy rico. La próxima vez me traeré una bolsita para hacerme una buena ensalada.


Esta foto fue luego de haber chambeado rico. Encontré el anuncio para hacer voluntariado en el jardín el sábado anterior en el Farmers Market, una suerte de bioferia en donde los mismos granjeros van a vender sus productos. Mientras sacaba hierba mala me enteré de que lo que estaba ayudando a cultivar iba a ser consumido por familias de bajos recursos de la zona. En verdad es bonito tener sorpresas así, saber que de alguna manera u otra lo que haces tiene un significado que trasciende tus límites y alcanza a otras personas.


Kayvon. Trabaja para la ONG que se encarga de colaborar con granjeros locales de pocos recursos. Está posando junto a su casa nueva. Nos llevó a mí y a su asistente a conocerla, todavía está inhabitable, en plena remodelación, pero es linda, con tres porches y una salita de meditación.



Casa bonita que le pertenece a una oficina de la Universidad de Florida. Sobre la SW 3rd Street.


Mi reflejo en bici. University Avenue.


 Tiendecitas de Gainesville. NW 13th Street.


 Me encantan las autopistas y las calles en Gainesville. Salvo en el downtown que es un downtown, donde vayas hay tanto árbol que parece que te vas a perder en el bosque de la Caperucita Roja.



Bueno, me encantó la moto y la decoración tan kitch para una compañía aseguradora. Pero más la moto. Quiero pasar otro día por ahí y ver quién la maneja. Seguro un señor panzoncito con barba blanca. En fin. NW 13th Street.



Me gustó esta casa. He pasado varias veces por ahí, no solo se ve linda, me encanta que enseñen música. Está sobre la NW 13th Street, o sea, sobre la calle 13.


Ensalada fresca, la ensalada más fresca que he comido en mi vida. Directo del jardín a mi plato. Tiene lechuga, acelga y algo que no sé qué es. También jugo de limón fresco (¡qué jugoso estaba!), aceite de oliva, y como se ve, huevos :) Luego maté lo saludable comiendo unos cinco chocolates. Estoy de mal en peor, lo sé. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Con Luca en Gainesville

 La realidad es mucho mejor de lo que uno anticipa. 


Couchsurfing 1

Guardo imágenes frescas de mi primer viaje fuera del Perú, como si las hubiese tomado de algún álbum fotográfico. Era Cali, la Colombia de 1975. Yo tenía dos años. Mis papás me habían dejado al cuidado de la hermana mayor de mi papá, mi tía Pitita, quien en principio no tenía idea de cómo lidiar conmigo. Como yo no quería salir debajo de la cama se ofreció a pintarme las uñas. Saqué primero una mano. En mi memoria aparece como una mano chiquita, de uñas diminutas. En ese entonces, la mano de mi tía era gigante, bella, blanca y lozana, de manicure perfecta. Ella pintó lo mejor que pudo cada uña de esa mano. Luego de la otra. Luego me convenció de que si quería también pintarme las uñas de los pies tenía que salir de la cama, y así me siguió convenciendo con trucos de lograr de hacer lo que ella quería hasta que me quedé dormida. Así siguen las memorias de ese viaje, todas apuntan a alguna relación con alguien de la familia, todas están dentro de alguna casa. 

No sé de dónde saqué el amor por los viajes. En parte mi mamá fue alentando la idea de viajar mientras iba creciendo, pero también viene de mi abuelo. Viajaba en barco por todo el mundo. Sus baúles tenían estampas de muchos puertos de América y Europa. Pero yo no quería ser el tipo de viajero que anda cargando cosas. De algún lado saqué la idea de tener que llegar a algún sitio y trabajar ahí; conocer la gente, saber qué piensan, quererlos. Partir. Viajé sin cumplir mi sueño infantil de iniciar un rumbo sin retorno, pero salía de la base constantemente, y constantemente regresaba con más sed. Es curioso cómo una misma razón puede desviarte de un curso y luego devolverte a él. Dejé de viajar cuando tuve a Luca. De ahí en adelante, por casi trece años seguidos, cada viaje que hice lo hice por trabajo, no como antes, porque sí, porque en verdad sentía que tenía que hacerlo. La primera vez que viajé a Europa fue así. Recibí la liquidación por haber trabajado en el Canal 4 como modelo de Gisela en América. Tenía toda esa plata conmigo y sentía que necesitaba un cambio. Me trepé a la 73. Pasó por Pardo y vi una agencia de viajes. Me bajé. Pregunté si había algún país en Europa que no requiriese de visa para ingresar. En ese entonces, 1993, Alemania. ¿Cuándo sale el siguiente avión? El lunes, me dijeron. Era jueves. Compré el pasaje y me fui. Así son las mejores experiencias. Pero con Luca creciendo a mi lado, estudiando filosofía, y luego con la venida de Alaikari, ni siquiera me atreví a añorar esas horas ni fantasear con posibilidades imposibles. Hasta que Luca decidió irse. Me dijo, mami, no pienses que no te quiero; te amo, pero siento que debo estar con mi papá. No hay nada más que hacer. Un hijo tiene el deber de ser feliz, y el deber del padre es cumplir con ese requisito indispensable. Cuando él se fue, me sentí suelta de alguna cadena que me ataba a Lima. No sé a dónde me va a llevar esa falta de fijación a un lugar, pero seguramente apenas se resuelva el rumbo, Alaikari vendrá conmigo, pues así tiene que ser.

Que Luca viniera al Hemisferio Norte me abrió una nueva perspectiva, me hizo retomar el gusto por las travesías largas. Volví a convertirme en huésped y anfitriona; comencé a reincorporar las ganas por aprender de otros pensamientos, de otras maneras de vivir; me di cuenta de que eso me nutría, me hacía muchísima falta, y fui feliz.

Decidí venir con la idea de estar con Luca más tiempo pues no sé qué va a venir después. Tuve algunas ideas básicas pero todo se va transformando. Lo único que permanece es el deseo de escribir cada vez más y de caminar cada vez más. Me gusta saber que no sé qué va a pasar. Cuando era chica no entendía por qué la gente necesitaba tener seguridades. Intenté por mucho tiempo ser así, pero no lo soy. Soy más feliz sabiendo que nada físico me condiciona, que en el fondo me mueve lo que siempre tuve dentro, esa semilla primordial que lo genera todo.


 Arriba, mi cama con vista a la marina en el depa de Victor. Abajo, él mismo haciendo una capresse.



Mi primera caminata por Miami Beach fue de algunos cuantos kilómetros. Victor y yo nos demoramos poco más de tres horas en hacerla completa. Tanto arriba como abajo, algunos detalles de la vista que tuvimos. Fue un día lindo y gracias a Dios parcialmente nublado.



Tanto arriba como abajo, vista desde el balcón de Victor en South Beach. No podría vivir en un sitio así sin salir un rato cada día a tocar el mar.



Arriba: detalle de la puerta de la refrigeradora en casa de Isabella y Mimo. Fotos de ellos que bien podrían estar en cualquier revista de modas. Ambos son fashionistas. Él trabaja en Sara, y ella es estilista. Abajo: dibujado por Isa, dentro de su cuaderno de visitas.


Abajo. En Gainesville, cuarto de invitados en casa de Alper.


Abajo: pequeño salón para bailar tango en donde Alper enseña.

Agradezco ahora a quienes me han recibido aquí con cariño y a quienes lo seguirán haciendo. Hasta este momento: Italo, Alper y Víctor, además de Mimo e Isabella. Cada quien a su manera me ha dado una lección cultural y me ha recibido con los brazos abiertos, facilitándome el inicio de este nuevo viaje. Reiki para todos la noche de hoy. Bendiciones infinitas.