Isabella se sentó a mi lado con un escrito impreso en castellano. La mesa, alentada por su propio padre, Víctor, comenzó a fastidiarla por tratar de seguir mínimamente una tradición estadounidense. Solo quería compartir con nosotros una historia que le daba significado a ese encuentro, que nos dice que todos los presentes, siete italianos y una peruana, somos al final de cuentas inmigrantes del mundo.
Me emocioné cuando Víctor me contó que yo también estaba invitada a la cena por el Thanksgiving, que en todo momento supe que sería a la italiana. Y me sentí emocionada porque además sabía, con esa seguridad infalible que a veces surge, que iba a ser abrazada, sonreída, convidada, que me sentiría como en familia. El 26 por la noche salimos con Isabella y su marido, Mimo (Mikael) a comer pizza. ¿No es lindo? ¿Qué puede ser más americano que ser un inmigrante que mantiene sus costumbres y es feliz viviendo aquí? Todo el rato escuché hablar italiano e inclusive me lancé a practicar mi itañol. Bueno, en realidad no sueno nada mal, pero eso siempre será juzgado por otros. Disfrutamos Víctor y yo de una pizza Margherita, de un tiramisú, y cuando llegaron Isa y Mimo en un rato, compartimos con ellos un vino.
Se me dijo que podía llevar algo, lo que yo quisiera, aunque no era necesario que lleve nada a la reunión. Obviamente opté por un plato peruano, pero como iba a haber lechón y pavo, no podía llevar un lomo saltado, que siempre iba a ser la primera opción. Decidí poner mi toque personal y cociné un saltado de verduras, es decir, un saltado tal cual se come en Perú pero con brócoli y vainitas en lugar de lomo. Tuvo buena aceptación en la mesa, lo cual me encantó. por un lado, me agigantó el ego, sé que no soy extraordinaria cocinando pero sí cocino rico, y por el otro lado, vamos, está el cliché de la super cocina peruana y hay que seguir alimentando la leyenda, que se convierte en realidad cuando alguien come algo que preparaste con cariño, y se entera de que las papas son peruanas, el ají (en las variantes que se utilizan en Perú) es también peruano y que el tomate es de origen americano, el tomate que se siente tan italiano como la Torre de Piza.
Aprendí algunas cosas buenas esa noche, cosas de la vida, y también alguno que otro dato interesante entre el 50 y 80 por ciento que podía rescatar de las conversaciones en italiano. Pero hay cosas que se aprenden de solo ver. Yo tenía la idea de que el italiano en general era muy comelón, pero todo este grupo me demostró exactamente lo contrario: un gusto saludable por la comida. Cada quien se servía una porción razonable de algo y opinaba sobre lo que estaba comiendo. Me sentí adaptada a la realidad porque esa noche no tenía mi apetito normal que se caracteriza por ser bastante animoso y por no estar marcado por un hambre real sino por una persecución implacable de sabor. Esa noche fui un ser humano sensato (creo, a pesar de mis carcajadas de siempre), moderado y risueño. Comí relativamente poco y lo disfruté como si hubiese probado un pedacito de cielo. ¿Se comprende? Yo misma a veces no sé cómo sopesar las palabras. Un pedacito de cielo, algo delicioso e inalcansable.
Hoy, 28 de noviembre, es el cumpleaños de mi padre. Mi hermano me ha informado que terminará una capacitación al medio día, y a partir de entonces estaré atenta para poder conversar con él en videollamada por primera vez desde que mi avión de Jetblue aterrizó en el Hemisferio Norte. Hoy es un día especial, como cada día especial, pues empieza algo, termina algo, porque es un día que le pertenece a una persona importante, a toda una familia, es otro día del universo. Hoy he decidido que esa reunión da inicio oficial a este viaje, a estas nuevas páginas que tienen la virtud de no sacrificar árboles al viento, sino que son palabras directamente relacionadas con la luz, la electricidad y el magnetismo, palabras que darán a luz a otras palabras y que me harán crecer lazos energéticos por cada poro del cuerpo astral. Hoy es cada día.
Quiero agradecer a todas las personas que directamente influyeron en que deje mi vida anterior, la que estaba viviendo días de descuento, y emprenda este viaje, pase lo que pase. En algún momento especificaré qué tengo que agradecer (tanto y tanto, a veces demasiado y demasiado) a cada uno de ellos: Marlon Aquino, Cecilia Saavedra, Daniel (Iván) Thays, José de Piérola, Angélica Yrigoyen, Franko Cataño, Ramona Franz, y por supuesto a Luca, Alaikari y a mi hermosa y maravillosa mamá, Raquel. También a mis amigos que compartieron este desfase universal que se llama dejarlo todo y emprender un nuevo viaje, Fil Uno, Nicola Espinosa, Eli Paredes y Fiorella Alvarez. A todos ustedes, un abrazo magnético que solo atrae lo que nos va a enseñar y dar más.
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